Evangelio del día 12 de febrero 2018

Lectura del santo evangelio según San Marcos 8,11-13

En aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo.

Jesús dio un profundo suspiro y dijo: «¿Por qué esta generación reclama un signo? Les aseguro que no se le dará un signo a esta generación.» Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla. Palabra del Señor.

Meditación

La liturgia de hoy nos hace meditar sobre la vida cristiana y el Apóstol Santiago nos lo muestra de una forma sencilla y clara, es en la prueba y el dolor de la vida donde damos testimonio de nuestra vida de fe. Ya Cristo nos lo dice: “El que quiera ser mi discípulo que se niegue a si mismo que tome su Cruz y lo siga” (Mc 8, 34). Como nos dice en el Evangelio: Le piden una señal a Cristo y él se la niega (Mc 8, 12-13).

Como en el tiempo de Jesús, hoy también muchos esperan una señal, pero no una señal cualquiera, sino un prodigio grandioso desde el cielo que les haga creer sin cortapisas. Quienes así actúan son incapaces de reconocer que todas las palabras y obras de Jesús, sin excepción, son los signos y prodigios más contundentes que lo consagran como hijo de Dios y Dios mismo.

Bastaría el sacrificio de Cristo, con su muerte en la cruz que desembocó en su resurrección, maravilla que se repite continuamente en cada eucaristía, para promulgar el más grande milagro de la tierra y el cielo. Por su necedad se ciegan con lo que ven, a tal grado se cierran al portento de estar frente a la más grande señal de los cielos (el propio Cristo), que es equivalente a decir que Dios se oculta deliberadamente, poniéndose delante de sus ojos. Pero no ven.

Se olvidan de que los milagros son del tamaño de la fe de quien los espera, que a Dios no se le tienta poniéndole a prueba (Mt 4, 7), que quien pide una prueba es porque duda y la duda es antítesis de la fe.

Aún más: el solo hecho de abrir los ojos es un portentoso milagro, cada instante está lleno de milagros, solo que antes que ojos para verlo, se precisa de corazón para creerlo, porque todo milagro encierra un cierto misterio que no se puede aprender con la lógica racional; está en la “orilla opuesta” como propone la lectura de Marcos, en la certeza de lo que no se ve, pero se vislumbra.

Hoy, como ayer, personas e instituciones religiosas piden señales desde los cielos qué, de algún modo, ya están palpables dentro de nosotros. Y ya que los milagros son del tamaño de la fe, podemos cuestionarnos: ¿De qué dimensión es mi fe en el poder de Jesús?

¿Reconoces que la eucaristía es el milagro más grande que nos ha sido concedido en la tierra y en el cielo? ¿Participas con regularidad?