Evangelio del Día 15 de Septiembre 2016

Lectura de la Carta a los Hebreos 5, 7-9

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado.

Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna. Palabra de Dios.

Salmo Responsorial: 30.

R/ “Sálvame, Señor, por tu misericordia”

A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado; tú, que eres justo, ponme a salvo, inclina tu oído hacia mí. R.

Ven aprisa a librarme, sé la roca de mi refugio, un baluarte donde me salve, tú que eres mi roca y mi baluarte; por tu nombre dirígeme y guíame. R.

Sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi amparo. A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás. R.

Pero yo confío en ti, Señor, te digo: “Tú eres mi Dios.” En tus manos están mis azares: líbrame de los enemigos que me persiguen. R.

Qué bondad tan grande, Señor, reservas para tus fieles, y concedes a los que a ti se acogen a la vista de todos. R.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 19,25-27

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.” Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa Palabra del Señor.

Meditación

No podíamos menos que contemplar a la Virgen María compartiendo la ofrenda de su hijo a la humanidad en el altar de la cruz. Por eso hoy recordamos a la Madre de Dios, y Madre Nuestra, la Virgen de los Dolores, que vivió en carne propia el sacrificio de Jesús en la cruz por amor a la humanidad. Es como si estuviéramos prolongando la celebración de ayer, pero contemplando la actitud de María, que en representación de toda la Iglesia, se une, debajo de la cruz, al dolor salvador de Cristo.

La muerte de Jesús en la cruz no tiene que ver nada con la tortura; él va a la cruz voluntariamente, por obediencia; pasó el sufrimiento, pero fue escuchado, porque Dios confirmó el valor salvador de su sacrificio resucitándolo. Y María como mujer de fe vivió este acontecimiento desde la esperanza en la resurrección. Por eso su dolor no es expresión de derrota, sino una manifestación de amor a su hijo, que carga sobre sí el dolor de la humanidad pecadora.

María, debajo de la cruz, como nos la presenta el evangelio de este día, en cuanto nueva Eva, se convierte en primicia de la nueva humanidad que surge con la resurrección de Cristo. Representa como Madre a todos los seres vivientes, que han de acoger la salvación ofrecida por Dios en el madero redentor de la cruz de su Hijo; ella representa sobre todo a la Iglesia, que nace debajo de la cruz y que acoge a todos los discípulos de Jesús, representados en el apóstol Juan; El, por su parte, representa a toda la Iglesia, que acoge a María como Madre como el mejor tesoro que le dejara el Hijo de Dios.

Las palabras de Jesús: “Madre, ahí tienes a tu hijo; hijo, ahí tiene a tu Madre, nos recuerdan, pues, que no debemos separar a María de la Iglesia y a la Iglesia de María. Ella fue la que mejor escuchó la palabra de Dios, manteniendo su sí hasta el final, porque en cuanto discípula de Jesús supo hacer suyas las palabras de su hijo: “Si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”.