marzo 3, 2024 7:22 pm
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Reflexión de la 2da Palabra del Viernes Santo de la «Semana Santa 2023» por Hna. Ángela Cabrera – Diario Católico


La segunda palabra de Jesús en la cruz es: “Amén. A ti te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43); leída en el texto original comienza con un “Amén”. Éste significa la aceptación de la oración del llamado “buen ladrón”; ese hombre arrepentido de su pasado, pero esperanzado incluso en la cruz, suplicando la vida nueva, que le puede dar el inocente condenado al lado de él. Se dirige a Jesús expresándole su deseo más profundo: “Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino” (Lc 23,42).

El arrepentido tardó tiempo en recapacitar y ver más allá de la apariencia. Jesús no se demoró en responderle; le interesaba su destino, así como el destino de todos los delincuentes que no han encontrado sentido existencial. Por eso le dice: “Amén. A ti te digo”, del griego, (Amén. Sú légo), expresión de quien tiene autoridad y puede garantizar mucho más de lo solicitado. El buen ladrón tan sólo pidió “que le recordasen”; Jesucristo le aseguró “comunión plena”. El delincuente le habló a Jesús del futuro; el Señor le introdujo, en el presente, en la mansión de los justos.

¿Quién o qué inspiró al malhechor contrito, para expresar ese misterio tan profundo, donde convergen impotencia humana y autoridad divina? – Sin duda, el Espíritu Santo. Todo un delincuente arrepentido se adelantó a los apóstoles, para enseñarnos, desde la humildad, tres pasos decisivos en nuestras vidas cuando nos arrepentimos: el paso del “robo” al “restituir”; el paso de “la mediocridad” a “la santidad”, y el paso de “la cruz” al “paraíso”.

En la expresión “hoy estarás conmigo en el paraíso”, se destaca el adverbio de tiempo “hoy”, del griego sémeron. Contextualizando el uso que Lucas hace de este término observamos que la primera vez es utilizado por el ángel del Señor: “Hoy nos ha nacido un salvador” (Lc 2,11), y la última vez, se emplea en la cruz: “Hoy estarás conmigo…” (Lc 23,43). Entre ambas referencias se encierra la vida histórica del Señor, desde el comienzo hasta su final. Durante la misión pública, el Señor también emplea el “hoy” en la sinagoga: “Hoy se cumple esta Escritura” (Lc 4,21); a Zaqueo le expresa: “Hoy tengo que hospedarme en tu casa” (Lc 19,5); y, una vez en el interior de ella, dirá: “Hoy ha llegado
la salvación a esta casa…” (Lc 19,9).

¿Qué deseamos, en resumen, subrayar con la palabra “Hoy” de Jesús?… – Nos habla del momento en que un hombre o una mujer deciden creerle y aceptarlo como Hijo de Dios. “Hoy”, no hace referencia al tiempo cronológico en sí, sino al tiempo como kairós, al momento de gracia y de novedad de Dios en la vida de una persona. En el caso del buen
ladrón, “hoy” es algo que comienza en esta historia, en su circunstancia como crucificado, pero que se prolonga más allá: donde se alcanza la perfección y la plenitud. Porque el tiempo auténtico lo determina el saber vivir en Cristo: “Tú en mí y yo en Ti”. El “hoy” será una realidad para todos nosotros cuando, desde una conversión auténtica, entremos en intimidad y comunión con Jesús, sin importar que dicha unión tenga lugar, incluso, en el madero de la crucifixión: “Donde está Cristo allí está el Reino”, escribirá Benedicto XVI.3

Jesús nos describe lo que es la vida con Él: “un paraíso”; del griego paradeisos. Ha de ser comprendido no como espacio corpóreo o físico, sino desde una “geografía teológica” o “estado espiritual”. Nos recuerda el jardín de Dios del Génesis (Cf. Gn 2,8); o el parque plantado por Él, forestado con los árboles de vida y de justicia (Cf. Ap 2,7). Permanecer en el parque de Dios implicaba no un trabajo penoso, sino honesto, obediente y sacrificado. Suponía una cooperación sinodal en comunión y participación, para el perfeccionamiento armonioso de la creación visible. (Cf. Catecismo 378). Escribe san Pablo: “Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón humano llegó; lo que Dios preparó para los que lo
aman…” (1 Cor 2,9). Este paraíso cerró sus puertas en el momento en que Dios no pudo recrearse con sus criaturas, a causa de la desobediencia y del pecado.

Con la encarnación de Jesús, no sólo se nos han abierto las puertas del paraíso, sino que nos ha facilitado el acceso a la santidad del cielo, reconciliándonos con nuestra vocación y restituyéndonos en la justicia original (Cf. Catecismo 1720). La configuración con Cristo nos devuelve el paraíso, que consiste en la visión perfecta de Dios. Los poderosos de este mundo, y de esta sociedad del siglo XXI, en vano desean robarnos y falsear el auténtico paraíso, creando y promoviendo otro, en el cual, aparentemente nada faltaría. ¡Cuidado con el paraíso que nos están diseñando!

Porque también el enemigo sabe dibujar muy bien realidades engañosas… ¿De dónde viene tanta astucia creativa y seductora?… Recordemos que la serpiente tentadora no fue expulsada del paraíso tras tentar y hacer caer en pecado a nuestros primeros padres (Cf. Gn 3,23). Sus trampas y seducciones continúan en la actualidad; mostrando su cara más
atrayente, apetecible, y deleitosa, porque busca hacernos caer en la tentación; con el fin de que nos escondamos de Dios por la vergüenza de haberle fallado. ¿Qué paraíso nos están ofreciendo?… ¿Qué paraíso estamos mendigando?… ¿Qué paraíso nos garantiza la felicidad?… ¿Qué debe cambiar en nuestras vidas para ganar el verdadero paraíso?

Llegados a este momento, regalo una confidencia personal: hace años atrás, cuando escuchaba atentamente con las hermanas de mi comunidad este Sermón de las Siete Palabras, me preguntaba por qué no había presencia de mujeres en el mismo; predicando con fuego en el corazón, y haciendo visible el rostro femenino de la Iglesia…

No pensé, en ese momento, que Dios me estaba escuchando… Desde aquí, también oigo el grito de otras mujeres que me dicen: “Acuérdate de nosotras cuando hables, para que no nos cierren las puertas del paraíso”; ese paraíso que puede comenzar ya, ahora, al ser reconocidas plenamente nuestra condición de ciudadanas y nuestra dignidad de hijas de Dios. Estas mujeres que reclaman el paraíso son, entre otras:
– Las víctimas a causa de los partos por cesáreas. El porcentaje de nacimientos en esta modalidad es de un 58.1%, mientras que la Organización Mundial de Salud recomienda entre un 10% y un 15%. Como país, somos tristemente líderes mundiales en estas prácticas,4 solicitadas, en unos casos, por las madres, sin ser plenamente conscientes; y muy favorecidas por los profesionales; supone el 54% de muertes en las mujeres que dan a luz.5 Este drama es como una “deuda social acumulada”.
– En este orden, de acuerdo con los reportes de SINAVE, el 88% de las muertes maternas serían felizmente evitables; el 85% de las mismas están relacionadas con la falta de calidad de atención sanitaria 6.
– También gritan sin voz, y buscan el justo paraíso, tantas mujeres silenciadas por la fuerza. En el año 2022 sucedieron 53 feminicidios y 84 homicidios en todo el territorio nacional.7 La llamada “línea 212”, del Ministerio de la Mujer, reportó, en ese mismo año 2022, 6,129 llamadas pidiendo algún tipo de asistencia por amenazas. Además, se produjeron 6,812 casos de abusos sexuales contra la mujer, y fueron emitidas 29,103 órdenes de protección. A pesar de los protocolos establecidos, las cifras denuncian que no se logran significativos avances para disminuir las injustas y dramáticas pérdidas de vidas femeninas.
– La República Dominicana es un país por encima de la media de renta per cápita; sin embargo, la tasa del matrimonio infantil es similar a la de los países más pobres, como por ejemplo los del África Subsahariana. Nuestro país es el más alto de la región latinoamericana y caribeña en este tipo de uniones. Más de un tercio de las jóvenes se casan antes de cumplir los 18 años. Las adolescentes, entre 15 y 19 años, conviven con varones entre cinco o diez años mayores que ellas; aun cuando la legislación dominicana tipifique como abuso sexual las relaciones con personas menores de edad, en las que haya una diferencia de 5 o más años8. Esta realidad afecta no sólo a las mamás muy jovencitas, sino a sus hijos y a toda la sociedad en general, aumentando la pobreza, la exclusión social, y el turismo sexual.

No podemos olvidar a tantas mujeres que, separándose, incluso, de su familia, buscan el “sueño americano y europeo”. Desean el “paraíso” en otro lugar, soportando una forma de vida, con mucha frecuencia, dura y precaria. En ellas vemos reflejadas situaciones de otras mujeres migrantes en nuestro propio país.

¿Cómo pueden ser compatibles las tristes realidades señaladas con un dato esperanzador?…: La mujer dominicana, por su nivel educativo superior, lidera el 40% de los hogares, y representa más del 50% de la fuerza de trabajo en el país. Antes de concluir, abogo por otra madre y hermana de todos nosotros, que está agonizando: La Tierra. De ella nos ha hablado magistralmente el papa Francisco en Laudato si’.

Sus palabras denuncian, en nuestro pueblo dominicano, los delitos medioambientales; tales como incendios forestales y deforestación; contaminación de ríos y mares en todas sus formas, incluidas las llamadas islas de plásticos; abuso de explotación minera con enormes movimientos de tierras para buscar oro o fabricar cementos; los incontrolables
vertederos de basura y sus permanentes quemas; los cementerios de vehículos, así como la chatarra de los electrodomésticos… El papa nos viene advirtiendo que no hay plan B, ni planeta tierra B.

Con estos pecados humanitarios y ecológicos nos estamos colocando al lado del mal ladrón, rechazando el paraíso. Necesitamos una conversión integral, para colaborar, no con la cultura del error y del terror, sino con la cultura de la vida y la reconstrucción del paraíso humano y medioambiental.

Concluyo esperanzada con las palabras del profeta Isaías 11,6-10, las cuales hago oración: “Llegará un día en el que el lobo habitará con el cordero; el puma se acostará junto al cabrito; el ternero comerá al lado del león y un niño chiquito los cuidará. La vaca y el oso pastarán en compañía y sus crías reposarán juntas, pues el león también comerá pasto,
igual que el buey. El niño de pecho jugará sobre el nido de la víbora, y en la cueva de la culebra el pequeñuelo meterá su mano. No cometerán el mal, ni dañarán a su prójimo en todo mi Cerro Santo, pues, como llenan las aguas el mar, se llenará la tierra del conocimiento de Dios.”

Lo expresado por el profeta no es utopía irrealizable; es el sueño real y posible de un Dios que quiso para todos nosotros el paraíso. Al finalizar esta segunda palabra, supliquemos como el buen ladrón “estar y entrar en el paraíso de Dios”. Y, sobre todo, como hombres y mujeres dominicanos, que podamos escuchar las palabras alentadoras del Señor: “Hoy
estarás, conmigo, en mí Paraíso”. Amén.

Segunda Palabra, Arquidiócesis de Santo Domingo:
“Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23,43).
Hna. Ángela Cabrera, Fundadora de la Comunidad Discípula Misionera por la Santidad

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